Lo que me faltaba...

martes, 3 de enero de 2017

Bosque

Reencontrada, bella solo enmaquillada, lo que busca encuentra. Morena y sexy, pierna grande y confiada... Aguantadora y por lo que supe dobleteada.



**Perfidia: La Esencia del Bosque**  

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**Capítulo I: La máscara y la savia**  


Llegó al pueblo un jueves de lluvia ácida, bajo el último nombre que se había pronunciado en su presencia. Su maleta de cuero agrietado cargana vestidos que brillaban como escamas de trucha. Los hombres de aquel bar del centro del pueblo murmuraban entre rondas de aguardiente: ¿será deportista o acróbata de un circo?, pero nadie se atrevió a preguntar. En aquel lugar, los secretos ajenos valían menos que el barro secado en las botas.  

Él, un escritor de prosas y mitologías hibridas, la vio por primera vez atravesando el mercado, esa belleza estaba envuelta en prendas que si bien eran hermosas, lo que hacien era opacar su brillo Él, un recién llegado con costumbres diferentes a las del pueblo, la siguió desde lejos esbozando en su cuaderno los perfiles que lograba comprender. Él la espero afuera del bar, tratando de inventar una historia que logrará hacerle justicia.

Ella salió del bar momentos antes del atardecer y siguió su camino dividiendo el pueblo en dos a su paso, con el sol frente a ella que permitió ver el exceso de maquillaje que le cubría el rostro como una máscara de yeso, pero la ligera lluvia logro que una gota resbalara por su mejilla evidenciando una grieta al nivel de los ojos revelando un destello verde… musgo, quizás. Bajo el rímel que la máscara mostraba, sus ojos no solo eran verdes, parecían el fulgor de bioluminiscencia intermitente.

Él, detrás de ella, sin poder ver la magia que esos veían, avanzaba sin enterarse de que ella siempre supo que era perseguida. 

Ella aletargando su paso, esperando que la alcanzarán. La luz del atardecer se escapaba y ella se acercaba al borde del pueblo, dónde las casas comenzaban a camuflajearse con los árboles.

Él se avalanzó para tomarla del brazo.

—¿Te gustan los bosques? —dijo desesperado.

Ella se detuvo, descalzó sus pies y el siguiente paso que dió, enterró su pie en la tierra. Un crujido subterráneo respondió, como huesos siendo arrastrados.

—Yo le gustó a los bosques.

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**Capítulo II: El primer ritual (raíces y uñas)**  

La noche del ritual **carecía de luna, pero el cielo brillaba con una luz lechosa, como si las estrellas se hubieran licuado.** Él la siguió hasta el claro prohibido, **donde los árboles formaban un círculo demasiado perfecto para ser obra de la naturaleza.** Ella lo aguardaba sobre una rosa de los vientos tallada en musgo, **su vestido plateado ahora reducido a jirones que se fundían con las cicatrices de su torso.**  


—¿Sabes lo que pides al entrar aquí? —preguntó, **y su voz tuvo el eco de un coro de hojas secas.**  


—Lo acepto —mintió él, y cruzó el umbral.  


**El aire se espesó con olor a cobre y humedad.** Las raíces emergieron como serpientes en celo, enroscándose en sus tobillos. **Ella lo empujó contra el roble con una fuerza que no correspondía a su delgadez, y cuando lo mordió, su saliva ardía a fermento de manzana podrida.** Sus uñas, **afiladas como espinas de endrino**, le abrieron surcos en la espalda. **En lugar de sangre, rezumó una savia espesa y ámbar.**  


Al terminar, **el círculo de árboles se había estrechado. Las cortezas susurraban *Perfidia* en un idioma anterior al latín.**  


—Soy **la memoria que el bosque regurgita cuando los humanos olvidan** —dijo ella, **y por un instante, su piel fue transparente: bajo ella, miles de raíces pulsaban en simbiosis.**  


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**Capítulo III: La mentira necesaria**  


**Cada mañana, él intentaba escribir sobre ella, pero las palabras se descomponían.** Las hojas de su cuaderno **ennegrecían como fruta podrida**, y el viento **le arrancaba las páginas para llevárselas al río.** Solo podía narrar su historia **en el claro, con la pluma tallada en una rama de fresno y la tinta hecha de sus propias secreciones.**  


La segunda vez fue junto al río **Hacedor, cuyas aguas tenían el reflejo invertido.** Ella saltaba entre las rocas, **sus movimientos fluidos y antinaturales, como un insecto probando las coordenadas de una telaraña.** Él la rodeó con sus brazos **ya moteados de líquenes**, y ella lo arrastró al fondo. **El agua le quemó los pulmones, pero entonces… las burbujas de savia le inundaron la garganta con un dulzor narcótico.**  


Bajo la superficie, **las piedras tenían rostros: algunos eran hombres que él reconoció de viejas fotografías del pueblo.**  


—**Me conviertes en tu bestiario particular** —acusó él después, sosteniendo **una de sus pestañas postizas, ahora convertida en crisálida de esfinge colombina.**  


—**Y tú me usas para olvidar que eres otro hombre pequeño con miedo a morir** —replicó ella, **señalando sus manos, donde las venas trazaban mapas de clorofila.**  


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**Capítulo IV: La unión (o cómo el bosque devora)**  


**Para cuando advirtió la transformación, ya era tarde.** Su piel **se había vuelto corteza de abedul**, su cabello **una maraña de enredaderas de celastrina.** Ella lo alimentaba con bayas **que sabían a promesas rotas**, y cada noche, **su corazón latía más lento, hasta sincronizarse con el pulso subterráneo de las raíces.**  


—¿Por qué no me detuviste? —rugió él una mañana, **cuando sus palabras eran ya el crujir de una rama al viento.**  


—**Porque elegiste creer que el bosque era un refugio, no un vientre** —respondió ella, **abrazando lo que quedaba de su torso.**  


En su último acto humano, **él hundió el puñal de hueso que ella misma le había regalado (“Solo un amor traicionado puede fijar mi forma”, le dijo una noche de niebla).** De la herida **brotaron digitales púrpuras, sus pétalos urticantes como lenguas de víbora.**  


—**Ahora eres tan prisionera como yo** —susurró, **y su voz se dispersó en el rumor de un follaje eterno.**  


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**Epílogo: La eternidad compartida**  


**El bosque de Perfidia tiene dos núcleos ahora.** **Uno late en un fresno joven cuyas raíces forman un rostro con los labios abiertos en un grito silencioso.** El otro **reside en una criatura que salta entre las copas al crepúsculo, sus risas esparciendo esporas que hacen toser a los viajeros con sangre de petalo.**  


**Las viejas del pueblo (las mismas que enjuagan vasos en El Abedul) aconsejan no usar maquillaje al caminar por los senderos.** —**El bosque siempre descubre lo que eres —dicen, señalando a las mochilas abandonadas con vestidos brillantes que yacen junto al río, convertidos en telarañas viscosas.**  


Y si gritas *Perfidia* al anochecer, **no esperes una respuesta humana: el eco será un dúo de savia fluyendo y hojas desgarradas, como un amor que se pudre y renace en la misma herida. 

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