La quinta semana de universidad fue especialmente difícil para Liliana, ella debía levantarse a las 4 am para lograr llegar a las 7 a ciudad universitaria. La rutina que empezaba a dominar era desayunar mientras se calentaba el agua para prepararse y gracias a su padre todo le tomaba media hora, ambos caminaban por quince minutos para llegar a la avenida principal, alrededor de las 5 am ya estaba rumbo a indios verdes. El lunes de la quinta semana el teléfono que recibió en su cumpleaños número 18 se deslizó del bolsillo de su sudadera cayendo al suelo del metro en la estación Copilco en el momento justo que ella despertó corriendo para salir del vagón.
Eran cerca de las 6:40 AM y ella estaba más cansada que a las 4, su cuello le molestaba y sus nalgas las sentía entumidas, estaba lista para aprender todo lo que pudiera de Álgebra lineal. Afuera del metro, ya en la calle donde está la fonda de los Poblanos se colocó sus audífonos y se dio cuenta que estaban desconectados, palpó su sudadera y su corazón latió con fuerza, su celular había desaparecido... Y ella había declinado el seguro que la ATT le había ofrecido. La presión le subió, y su mente se nubló, todos los días se reportaba con su papá al llegar a su salón de clases, hoy no, hoy tendría que esperar hasta la tarde... o algo así, porque su número no se lo sabía de memoria.
Llegó con buen tiempo a su salón y le pidió a Pablo su celular para marcar su número buscando la casualidad o la honestidad de alguien. Para su sorpresa contestó un muchacho